Buenos días de miércoles 🙂 ¿Qué tal lleváis la semana? Hoy os traigo la reseña de un libro breve pero inmenso: Las pequeñas virtudes de Natalia Ginzburg. Una lectura delicada, lúcida y honesta que he saboreado despacio, subrayando frase tras frase.
A medio camino entre el ensayo y la autobiografía, Las pequeñas virtudes reúne once textos de tema diverso que comparten una escritura instintiva, radical, una mirada comprometida, llana y conclusivamente humana. La guerra y su mordedura atroz de miedo y pobreza, el recuerdo estremecedor y bellamente sostenido de Cesare Pavese y la experiencia intrincada de ser mujer y madre son algunas de las historias de una historia personal y colectiva que Natalia Ginzburg ensambla magistralmente, en estas páginas de turbadora belleza, con una reflexión sagaz siempre atenta al otro, arco vital y testimonio del oficio vocación irrenunciable, orgánica de escribir.
Este no es un libro de ficción, sino una colección de ensayos escritos entre los años 40 y 60. Reflexiones que hablan de la guerra, de la maternidad, de la pobreza, del exilio, del amor, del oficio de escribir… y de cómo enseñamos a vivir, sobre todo a los hijos. Con una prosa clara y sin adornos, Ginzburg consigue poner palabras sencillas a cosas enormes. Y eso es justo lo que más me ha conmovido.
El ensayo que da título al libro, Las pequeñas virtudes, es uno de los textos más bellos y certeros que he leído sobre educación. Ginzburg defiende que no debemos enseñar a los niños la prudencia, la obediencia o el ahorro, sino el coraje, la generosidad, la pasión. Porque las pequeñas virtudes —esas que parecen inofensivas— pueden acabar aplastando las grandes.
Pero más allá de las ideas, lo que hay en este libro es una mirada. Una manera de estar en el mundo. Todo lo que escribe está atravesado por una especie de tristeza contenida, por la experiencia del dolor, pero también por una firmeza tranquila. Ginzburg no grita, no embellece, no se esconde. Y esa honestidad, esa humildad, es justo lo que hace que sus palabras lleguen tan dentro.
Me ha parecido una lectura profundamente humana. Un libro que se puede leer entero de una sentada, pero que pide volver a él con el tiempo. Porque, en realidad, está hablando de lo esencial. Y lo esencial, ya se sabe, no siempre se encuentra en las grandes declaraciones, sino en los gestos más pequeños.
Natalia Ginzburg (Palermo, 1916 − Roma, 1991) es una de las voces más singulares de la literatura italiana del siglo XX. Publicó en 1934 su primera narración, a la que siguieron obras teatrales—Me casé por alegría (1964; Acantilado, 2018)—, ensayos—Las pequeñas virtudes (1962; Acantilado, 2002), Nunca me preguntes (1970) y Serena cruz o la verdadera justicia (1990; Acantilado, 2010)—y novelas y colecciones de relatos—El camino que va a la ciudad y otros relatos (1942; Acantilado 2019), Y eso fue lo que pasó (1947; Acantilado, 2016), Nuestros ayeres (1952), Valentino (1957), Las palabras de la noche (1961), Léxico familiar (1963), Querido Miguel (1973; Acantilado, 2003), Vita imaginaria (1974) y Domingo (2016; Acantilado, 2021)—, así como la biografía Antón Chéjov (1989; Acantilado, 2006).
Las pequeñas virtudes de Natalia Ginzburg es de esos libros que te reconcilian con la escritura y con la vida. Que no hacen ruido, pero se quedan. Y que una vez los lees, sabes que vas a volver a ellos.
¿Habéis leído ya a está autora?
Editor: Acantilado
Fecha de publicación: 2002
Colección: Narrativa Extranjera
Nº de páginas: 168 págs.
ISBN: 9788495359667
Precio: 16€








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